Memorias del Día del Joven Combatiente

 Memorias del Día del Joven Combatiente

“Acuérdense ustedes de mí. Siempre.”:

Memorias del Día del Joven Combatiente

 

“No me arrepiento de nada, lo digo con sinceridad, de adentro. Soy feliz, inmensamente feliz, aunque en mi corazón los santos Eduardo y Rafael, no me dejan de golpear, me hieren, me aplastan, lloro, maldigo este régimen, esta historia, maldigo a los claudicantes, a los cobardes (precisamente porque lo soy), maldigo a los cómodos, a los felices en su mundo de mierda, su falso amor, su vida de pájaro”.

 

Este fragmento pertenece a la última carta enviada por Pablo Vergara Toledo (25) a sus padres y que ellos recibieron el día después de su cobarde asesinato. Fue el tercer hijo que la brutal represión de la dictadura-cívico militar chilena les arrebató a Luisa y Manuel. Asesinado junto a Aracely Romo (26) el 5 de noviembre de 1988, 3 años después de que Rafael (18) y Eduardo (20) corrieran por las calles que los vieron jugar para tratar de salvar sus vidas ese 29 de marzo de 1985. Un día que ha quedado marcado a fuego y sangre en la memoria subversiva y combativa de quienes lucharon y luchan contra este sistema que precariza nuestras vidas y quebraja nuestras almas.

El 29 de marzo de 1985 no solo fueron asesinados los hermanos Vergara Toledo, también fue acribillada Paulina Aguirre (20) y secuestrados Manuel Guerrero (36) y José Manuel Parada (34), que fueron encontrados junto al cuerpo de Santiago Nattino (63) el 31 de marzo, 2 días después. Sin embargo, este día comenzó mucho antes, exactamente 1 año antes con el asesinato de Mauricio Maigret (17).

 

Secundario, valiente y combatiente

Mauricio Maigret era estudiante del Liceo de Aplicación y militante del MIR, desde pequeño observaba cómo la desigualdad se enroscaba a su alrededor y destruía todo a su paso. En una carta fechada el 28 de diciembre de 1983 escribe: “Cuando yo era más chico y veía a algunos viejos y cabros chicos escarbando la basura para encontrar algo que comer, cuando veía a niñas de mi edad que partían al centro a prostituirse por unos pesos, al ver tanto cesante, tanto niño desnutrido, al mirar la tele y ver niños rubiecitos viviendo en un mundo maravilloso al otro lado de Santiago, yo sentía mucha rabia y pena, solo veía lo que me rodeaba, pero no sabía por qué pasaba (y por supuesto sigue pasando en este país) toda esa miseria y desesperación”. Toda esa rabia y pena la canaliza en su militancia y en el sueño de una sociedad más justa.

Comprometido a luchar contra el régimen, se involucra de forma activa en la acción directa y el 29 de marzo de 1984, siendo jefe de milicia, ataca la 26° Comisaría de Pudahuel donde encuentra la muerte heroicamente poniendo su cuerpo para que sus compañeros logren huir.

Al finalizar la dictadura y según el Informe Rettig, 276 jóvenes menores de 18 años fueron asesinadas y asesinados por agentes del Estado. Adolescentes que decidieron levantarse en contra de un régimen brutal que destruyó los espacios más íntimos de quienes vivieron y viven en este territorio llamado Chile. Adolescentes que demostraron que la conciencia llega en cualquier momento y no te abandona jamás.

 

Las sillas vacías

Un año más tarde, Chile seguía tratando de sobrevivir a la miseria, al miedo y a la pérdida. La mañana de ese viernes 29, en la entrada de un colegio, frente a sus hijos, frente a niñas y niños, fueron secuestrados Manuel Guerrero y José Manuel Parada, militantes del Partido Comunista. Las puertas del Colegio Latinoamericano de Integración fueron testigos de su desaparición forzada. Un día antes, mientras se dirigía a su oficina, Santiago Nattino también fue secuestrado.

Es misma noche, la comunidad escolar del colegio, se reunió para decidir las acciones para exigir la verdad de lo ocurrido. Esa verdad cruda y desgarradora llegaría la tarde del 31 de marzo, solo dos días después. Los cuerpos sin vida y degollados de los 3 hombres fueron encontrados en Quilicura, camino al Aeropuerto de Pudahuel. A nivel nacional e internacional, se exigía la verdad. Sin embargo, se necesita algo más que verdad para reparar, en algo, aquellos brutales crímenes.

“¿Hasta cuándo siguen dialogando con los asesinos? ¿Hasta cuándo siguen matando a nuestro pueblo?, ¿hasta cuándo permitimos tanta matanza, tanto crimen, tanta tortura en este país? Hasta cuándo, chilenos, compañeros, compatriotas. Por favor, levántate. No aguantes que nos sigan matando a nuestra gente. Por favor. Por favor. Exijamos justicia, de una vez por todas”.

Las palabras dichas por Estela Ortiz, esposa de José Manuel Parada, en las afueras del Servicio Médico Legal quedaron marcadas a fuego en el dolor de quienes sobrevivieron, pero con sus almas mutiladas.

 

Hermanos y compañeros

Mientras Estela se desvanecía, después de encontrar su último aliento para arengar a un pueblo paralizado por años de propaganda y terrorismo de Estado, un poblador entraba a la parroquia Jesús Obrero en Estación Central. En medio del velorio de Eduardo y Rafael, comunica que han encontrado los cuerpos sin vida de los hombres secuestrados.

Los hermanos Vergara Toledo eran jóvenes militantes del MIR, Rafael estudiaba en el Liceo de Aplicación y Eduardo en el Pedagógico. Cuando sus acciones los pusieron en el ojo de la tiranía, pasaron a la clandestinidad. Siempre se movían por su población, jugando con las niñas y niños, conversando con vecinas y vecinos; y, por sobre todo, resistiendo desde su profundo sentido de la justicia. Luisa y Manuel, sus padres, cercanos a la iglesia obrera, les enseñaron lo que era luchar por su clase y pelear por aquello que nos deben.

Creían profundamente que la única solución era derrocar al tirano y esa convicción les arrebató la vida. La tarde noche de ese viernes 29 de marzo se estaban preparando para realizar una acción conmemorativa por el asesinato de Mauricio, un año antes. Caminaban por su querida Villa Francia cuando fueron emboscados. El grupo se dispersó y los hermanos corrieron hacia el mismo lugar. Eduardo fue abatido primero y, en un intento de socorrer a su hermano, Rafael vuelve y es asesinado junto a él. Murieron juntos como hermanos y compañeros. Siempre juntos.

La prensa de la época, como siempre al servicio de los poderosos y la represión, catalogaron a los hermanos como antisociales que estaban cometiendo un delito. Y se puso toda la atención en el carabinero que resultó herido. Sin embargo, la memoria popular no perdona ni olvida. Inmediatamente, se alzaron los territorios para reconocerlos como combativos, como valientes que dieron su vida por una convicción. Convicción que sigue presente en nuestra época.

Una convicción que Luisa y Manuel comprendieron. Manuel explica, en una conversación con el historiador Nicolás Díaz Barril, como lograron sobreponerse al duelo: “Claro, lo que pasa es que siguieron las muertes, si ese es el problema… hay que recordar que estamos en dictadura y el régimen sigue matando gente porque… el que se le oponía, molestaba mucho, lo mataban… entonces es todo un periodo donde los familiares de víctimas de la represión se van juntando y se van conociendo y queriendo y sabiendo a cuantos había perdido cada familia… entonces fue un periodo donde asumimos con más fuerza la lucha por los derechos humanos, por la verdad, por la justicia”.

Reconocer la fuerza de la colectividad y la comunidad fueron la clave para que la familia Vergara Toledo se levantara una y otra vez. A pesar de las muertes, a pesar de la persecución, a pesar de los allanamientos. Porque, horas después del asesinato de sus hijos, tuvieron que soportar, una vez más, un allanamiento en su hogar.

 

La resistencia también tiene rostro de mujer

Mientras el hogar de Luisa y Manuel era destruido y los agentes del Estado les comunicaban, entre risas y burlas, que ya solo le quedaban 2 hijos; Paulina era seguida desde Recoleta hasta su casa segura en El Arrayán.

Paulina Aguirre estudiaba en la vespertina de Liceo Valentín Letelier, desde los 14 años militaba en el MIR y se hacía llamar “Luisa” en honor a su padre. Estaba convencida de que la autodefensa irrestricta y popular era la única forma de combatir el régimen y luchar por la liberación del pueblo.

El terremoto del 5 de marzo de ese año fue lo que condenó a Paulina, la pared de su cabaña se agrietó y la arrendataria contrató a unos obreros para repararla. Supuestamente, la grieta dejó al descubierto municiones y la dueña de la parcela avisó a las autoridades. Hasta la fecha, no existen antecedentes que prueben la existencia de tales municiones.

Cerca de la media noche de ese viernes 29, cuando estaba llegando a su casa, fue acribillada y los perpetradores intentaron hacer pasar el crimen como un enfrentamiento. Su montaje se cayó: colocaron una pistola en su mano izquierda, ella era diestra; la pistola no había sido disparada y sus manos no tenían rastros de pólvora.

Su padre y compañero de lucha la recuerda como una mujer fuerte y que no se arrodillaba ante nada. Sus palabras resuenan no solo en la memoria de su familia, sino que también en la memoria colectiva de la lucha secundaria: “Cuando el dolor, la sangre, el odio y la muerte son necesarios, miles de manos se tienden para tomar las armas. Acuérdense ustedes de mí. Siempre”.

En 1986, un año después, el MIR establece el 29 de marzo como el Día del Joven Combatiente como un homenaje a Eduardo y Rafael. Homenaje a esas vidas jóvenes que fueron arrebatadas por un Estado asesino y brutal.

 

“¿Quiénes son los violentos?”

36 años después seguimos viviendo en una dictadura que se disfraza de democracia. 36 años después seguimos levantando memoria y exigiendo verdad, justicia y reparación. 36 años después seguimos llorando a nuestras muertas y muertos, a nuestras torturadas y torturados, a nuestras mutiladas y mutilados. 36 años después seguimos de pie ante una sociedad capitalista, machista, racista y colonialista. 36 años después seguimos siendo consideradas y considerados delincuentes, subversivos, antipatriotas. 36 años después seguimos siendo atacadas y atacados, pero cuando nos defendemos nos llaman violentas, violentos.  Por eso mismo, 36 años después seguimos levantando esta memoria combativa.

 

Porque solo muere quien se olvida. Luisa Toledo, durante la conmemoración en el Pedagógico el 2012, proclama un discurso que nunca será olvidado: “Yo les pregunto ¿De dónde viene la violencia? ¿Quiénes son los violentos? ¿Somos nosotros? ¿O son ellos, los poderosos, los ricos? ¡¿De dónde viene la violencia?!”.

 

 

Fuentes

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